14 de junio de 2026El sonido del Messenger en el ordenador de mi habitación me levanta de la cama.
Un amigo me escribe un breve «¿estás?» y yo le contesto que sí, que estaba tumbado, porque la comida del domingo me dejó fuera de juego. Él responde con un «No sé qué hacer, tío. Ayer la lié muy gorda».
Le pido que me cuente. Y él me cuenta. Me escribe que ayer no querían liarse mucho. Que el plan era como el de cada sábado cuando tu paga de adolescente no te da para muchas copas en los bares. Ir al Pryca a por vodka del bueno, es decir, del bueno en nuestra opinión, y comprar Fanta Naranja –porque obviamente sube más que el Kas– y una garrafa de cinco litros de agua. Y si somos más de dos, repetimos el proceso en concordancia. Después subimos al monte hasta que se termine todo y bajamos a los bares listos ya para que la noche nos absorba. Pero ese sábado el plan era no liarse, claro. “Una garrafa y a casa”. El problema fue que ayer no hubo sólo una garrafa. Y que tras bajar del monte, tuvieron que repasar todos los bares por si alguno había desaparecido. Incluído el “Walking Dead”, que tiene otro nombre, pero nosotros lo llamamos así por el deplorable estado de la gente que merodea por allí.
Por el Walking Dead, están siempre los yonkis que veíamos tirados algo más de media década antes por algún rincón del parque cerca de nuestro barrio. Eran fáciles de encontrar ya que sólo había que seguir el caminito de jeringuillas que dejaban a su paso en mitad de la calle, al alcance de niños e insensatos. Era otra época. Otra era, la de la heroína, ya superada, pues ahora nos encontramos en la de las pastillas.
Pero en el Walking Dead no hay drogas. Tras años de muertes por sobredosis y asesinatos entre pandillas, los que lograron sobrevivir de aquella generación, están ya limpios, desintoxicados, y gozan de una apariencia de unos ochenta años cuando pocos sobrepasan los cuarenta. Y algunos de esos que nos parecen ahora zombies, son los dueños de aquel bar oscuro y neblinoso, lleno del interminable humo de inagotables cigarros.
En ese bar terminamos las noches más por remedio que por gusto, ya que es uno de los últimos que cierran. De hecho, nunca lo hemos visto cerrado. Cada noche, su potente foco de luz nos guía irremediablemente hacia su puerta metálica. Como casi nadie más acaba allí aparte de su tétrica cuadrilla y algún que otro inconsciente, nunca se llena, hay siempre muy buena música rock de los 70 y 80 y el billar suele estar libre para nosotros. A los zombies los evitamos fácilmente ya que suelen estar en la barra, que los mantiene a todos de pie con más o menos éxito.
–Total, que he amanecido con dos bolas de billar y sin calzoncillos en la cama.–concluyó tras contarme la noche de sábado que recordaba.
–Bueno, lo de los calzoncillos no me sorprende, en algún lado los perderías haciendo el payaso como siempre–bromeé–pero lo de las bolas es más curioso.
–Creo que las robé del billar del Walking Dead, tío, fui con Eva y se me fue mucho la olla.
–Joder, ¿te la tiraste?
–Qué dices, ya me hubiera gustado joder, pero no. No descarto eso sí, que le tirase los calzoncillos y volviese a casa corriendo por la calle con las dos bolas, no encuentro los pantalones tampoco ni recuerdo nada de nada.
–¿Y qué vas a hacer con las bolas?
–Joder no lo sé tío. Vamos allí todos los findes. Seguramente se quedaron con mi cara y como me vea alguno por la calle, me rajan. Esa gente no se anda con tonterías, le he robado a la peor calaña de la ciudad. Es que soy muy gilipollas, esta vez se me ha ido mucho la olla. Soy incapaz de no hacer ninguna mierda cuando salgo.
–A ver, puedes devolverlas.
–Qué dices, como aparezca por allí soy hombre muerto. Se quedan con las bolas y con mis otras dos de regalo. Que esa gente no está nada bien tío.
–¿Y qué piensas hacer entonces?
–Pues tirarlas a tomar por culo, igual no me vieron y me estoy emparanoiando.
–¿Crees que fuiste discreto?
Y de repente silencio. Ambos sabemos que es una pregunta retórica.
–No me acuerdo de nada pero seguro que me vió todo el puto bar. Es que soy gilipollas tío. Es que vamos todos los findes joder, ya saben quién soy. Me han visto fijo. Y si las devuelvo… ¿cuándo lo hago? ¿Y voy yo solo? si voy yo solo me rajan, ¡es que me rajan!
–Joder yo que sé, hoy estará abierto, si quieres te acompaño. –escribo con una voz muy muy bajita.
–¿Pero voy y qué les digo? ¿Que soy gilipollas y les he robado unas bolas? ¿Que por favor no me rajen? ¿Que tengo un retraso y a veces hago esas cosas?
–A ver puedes decir que te las encontraste o que viste salir a alguien con ellas, muy pero que muy gilipollas y que luego viste como las tiró y que te las quedaste, pero para devolverlas.
–¿Pero eso no es como muy rebuscado?
–Sí tío pero yo que sé. El tema es que vamos y las devuelves. Invéntate cualquier movida.
Quedamos a las seis. El bar, como siempre, está abierto. Al cabo de unos minutos de llegar, la silueta de mi amigo se acerca con pasos que parecen hundirse en la acera. Con la mano dentro en el bolsillo frontal de la sudadera, sujeta dos bultos.
–La blanca y la negra, ¿en serio? No podías haber elegido otras….
–Sí, soy gilipollas.–contesta–hala, vamos y terminemos con esto cuanto antes.
Y vamos al bar. Al llegar a la puerta, un tipo fuma mirando al infinito. Es el portero, o eso creemos. Mi amigo hace un torpe amago de saludar antes de abrir la puerta, pero la figura permanece inmóvil, con sus ojos fijados en el edificio de enfrente.
El local está vacío. Suena el Sweet Child O’ Mine y tardamos una media hora mental en dar los cuatro pasos que nos llevan hasta la barra del bar. Un camarero con cara de enterrador limpia los vasos hasta darse cuenta de nuestra presencia.
–Eh hola, ¿qué os pongo?
–Bolas
–Eh ¿qué?
–Eh, no, traemos unas bolas–acierta a contestar mi amigo–que estaban debajo de un coche ayer, eh, un coche azul aparcado delante del bar, alguien las cogería, yo… nosotros no, pero el coche estaba delante de una alcantarilla, casi se caen, por la alcantarilla, y llovía, estaban mojadas y las cogí, porque son vuestras y las he traído
Y tras esta explicación nada rebuscada, el camarero mira a mi amigo. Y luego mira las bolas.
–Pero esas bolas… ¿son nuestras?–dice el muerto no sin poco esfuerzo.
–Eh sí, del futbolín.
–Sí, de vuestro billar, ese de ahí.–corrijo con celeridad apuntando al mueble en la esquina, justo enfrente de la línea visual de nuestro interlocutor.
–Ah ya. Gracias. –dice mientras coge las bolas lentamente y las guarda en algún lugar bajo la barra.–Eh, ¿os pongo algo?
–Sí, dos Budweiser.–Dice mi amigo, sin preguntar ni darme tiempo a excusarnos por nuestra no planeada huida.
Y ahí nos quedaremos un rato, hasta terminar nuestras Budweiser. Cervezas que no nos gustan especialmente, pero que en este momento saben a gloria tras haber desafiado con éxito a la muerte. Hablaremos de cualquier cosa menos de bolas, mientras comienza a sonar el November Rain. Nos fijaremos en cuánto cambia ese bar cuando no hay humo y entra más luz que de costumbre. Descubriremos portadas de vinilos que seguramente habrán estado allí siempre, decorando las paredes del local, y que nunca habíamos visto antes.
En la barra, el muerto vuelve a su tarea mientras trata de mantenerse con vida. Y nosotros disfrutamos de la nuestra.
26 de mayo de 2026Miguel prepara una tortilla en su cocina. Por la ventana entra, poco a poco, la primera luz del sábado. Una montaña de cebolla recién cortada brilla sobre la tabla de madera. Al lado, en el fondo de una sartén, el aceite empieza a arrugarse.
El teléfono vibra otra vez. Miguel lo mete en un cajón, rápido, como si le quemase en las manos. Respira en silencio un segundo y vuelve a la tortilla.
Poco después, mientras la cebolla cobra vida, las patatas, resignadas, esperan su turno sumergidas en un cuenco lleno de agua. Pero aún falta un poquito más. Antes serán cortadas en láminas muy, muy finas. Lo más finas posible. Siempre más finas cada vez.
Miguel sujeta cada patata con cariño pero también con resuelta firmeza, mientras sus ojos siguen, sin pestañear, el filo de su cuchillo que, como el arco de un violín mudo, desprende de ellas translúcidas escamas amarillas. Satisfecho, vierte ahora un generoso chorro de su mejor aceite formando un lago en su veterana de confianza, su sartén infalible para aquella tarea.
El olor de la cebolla al dorarse despierta al gato en la otra punta de la casa. No tarda en asomarse por la puerta con tremendo maullido hambriento, dispuesto a asegurarse, como sea, una plaza en aquel prometido festín. Miguel entonces, abre la nevera y le lanza una loncha de jamón curado mientras coge unos cuantos huevos.
Tras unos minutos, el felino se relame satisfecho —al menos por ahora— y llega, por fin, el momento de las patatas. Sin dudar ni un segundo, se lanzan todas juntas al aceite, que protesta indignado. Y bajo una tapa de cristal ahumado, empiezan a deshacerse en un suave chapoteo.
Un rato más tarde, las patatas y los trozos acaramelados de la cebolla bailan mezclándose entre diferentes tonos de amarillo antes de volver a la sartén, que muestra ya cierta impaciencia. Y cuando por fin la sartén se llena de puro y sabroso oro, Miguel empieza a verse más pequeño, muy pequeño, a la altura de la cintura de su abuela. La mira desde abajo, sujetando un enorme plato con sus dos manos. Ella le pregunta si esta vez se atreve él a darle la vuelta.
— Es como tocar la pandereta —le dice—. Y eso bien que te gusta, que vas con ella a todas partes. Bien lo saben los vecinos.
El niño duda un momento, pegado a su regazo. Mira al fuego y luego la mira a ella.
Desde entonces, con cada tortilla y cada golpe de pandereta, Miguel vuelve al regazo de su abuela. Y ahora los vecinos se quejan un poquito menos.
(primera versión)