La verbena

15 de junio de 2025

Al abrir los ojos encontré oscuridad y la sensación de no estar en mi cama. Tras intentar incorporarme, mi confusión se acentuó al ver a un tipo a la altura de los pies de esa cama, mirándome fijamente, con ojos caídos y en profundo silencio. Portaba lo que parecía un candelero y la tímida luz de la única vela en el mismo, iluminaba parcialmente su cara, que era alargada y de mentón pronunciado, como la de esas personas que parecen claramente enterradores.

— ¿Por qué llevas una vela? —de todas las cosas que podría preguntarle a aquel tipo, esto fue lo que salió por mi boca. No cabía duda de que estaba soñando.

— Soy el fantasma de las verbenas pasadas. Llevo una vela para que puedas verme. —dijo la cara iluminada por la vela con un tono de obviedad.— Esto está muy oscuro y no llevarla nos complicaría las cosas. La vela es importante, sin ella nos retrasaríamos.
Necesito que me acompañes. —añadió con seriedad y tono de urgencia.

— Entonces no estoy muerto, esto se trata de un sueño. —dije aliviado, como si soñar lo que parecía una versión cutre de Pesadilla antes de Navidad fuera motivo para no preocuparse.

— No, no estás ni muerto ni soñando. Ibas conduciendo, camino a tu pueblo, recordarás eso. Levántate, no tenemos mucho tiempo. —El fantasma no es que fuera muy generoso en palabras. Mientras hablaba, dejó el candelero en el suelo y empezó a palpar la oscuridad con sus largos brazos. Sus manos se hundieron en paredes que no se veían y de la oscuridad, abrió una puerta que iluminó toda la estancia. Sujetándola, me esperaba con impaciencia.

— Pero… ¿y entonces?

En ese momento empezaron a llegarme imágenes de mis últimos recuerdos. Conducía hacia el pueblo en el que veraneé hace muchos años. A alguna de mis antiguas amistades, aquellas que también veraneaban por allí, se le ocurrió que era buena idea juntarnos de nuevo a pasar las fiestas de aquel lugar, después de tantos años. Tenía prácticamente olvidadas a aquellas personas y aunque retomar el contacto no me parecía una mala idea, la de ir a pasar días con ellos en fiestas de ese pueblo, ya perdido en mi memoria, me daba mucha pereza.
Todas aquellas almas del pasado estaban aparentemente muy ilusionadas por el reencuentro, y aunque sospechaba que esa ilusión era más bien fruto del quedar bien, no quería ser yo él el que dijera que no iba a ir, el aburrido, el que se tira para atrás o el que dice que no cuando el resto dice que sí.
Tenía que ir.

Decidí partir para allí al salir de la oficina; fue un día agotador y se me hizo bastante tarde. Aunque el viaje me daba mucha pereza, decidí ir de todas formas y hacerlo ese mismo día, para ahorrarme madrugar el día siguiente.

A esas alturas tenía claro que lo que me había pasado durante el trayecto me había llevado a esta habitación oscura y a encontrarme con aquel ansioso fantasma, que me miraba con impaciencia desde la puerta por la que se supone que debía pasar.

Me levanté y seguía con la sensación de flotar. Tardé un poco en habituarme en andar así. Parecía un astronauta borracho. Hice todo lo posible por no pisar el candelero del fantasma y me acerqué a la puerta.
Tras atravesarla, nos encontramos en la plaza del pueblo al que iba a veranear cuando era mucho más joven.

— Estamos en la verbena de 1997. —dijo el fantasma sin añadir nada más.

Miles de recuerdos me abofetearon la cara. Observé la escena sin mediar palabra. Había puestos de esos en los que disparas con un rifle de perdigones trucado a palillos para conseguir un peluche horrible y demostrar que tienes puntería, aunque la mira esté manipulada para que no puedas apuntar bien. Había unos cuatro puestos de esos rodeando la plaza.

Varias cuerdas llenas de banderas dibujaban un techo transparente en forma de carpa de circo. Debajo, personas de rango de edad indefinido bailaban más o menos pegados; otras, de pie, bebían en vasos de plástico y hablaban con el de al lado, mientras miraban a la orquesta y observaban a otras personas, analizando la situación, como auténticos profesionales en auditar verbenas. Había grupos de adolescentes que iban de un lado a otro, como trenes de juguete que recorren un circuito cerrado dando siempre las mismas vueltas. Aunque a estos se les notaba en la cara que algo tramaban.

A uno de los lados, el único bar del pueblo acogía en su terraza a la gente que no quería ni bailar ni peritar verbenas. Dentro, la gente se amontonaba esperando conseguir su preciado vaso de plástico.

Y allí estaba yo, tenía diecisiete años entonces y formaba parte de ese grupo que peritaba verbenas. A mi lado estaba mi mejor amigo, de ese lugar y de todos los lugares. Nunca tuve una conexión tan auténtica con nadie más. Esa conexión estaba a años luz en autenticidad, complicidad y confianza de la que tenía con los otros, que formaban parte de nuestra peña. En esa peña éramos quince personas, pero nosotros siempre íbamos a nuestra bola.
A lomos de nuestras bicis visitábamos un sinfín de pueblos y nos encantaba volver al nuestro para encontrarnos al resto de nuestro grupo tirados en cualquier esquina del lugar, aburridos de no hacer nada mientras que nosotros habíamos hecho quince mil cosas y habíamos visto quince mil bichos, humanos o no, haciendo quince mil tonterías.

En nuestra aburrida peña había varios protagonistas, y aunque afortunadamente no existía instagram ni ninguna cloaca parecida entonces, esos protagonistas contaban con sus seguidores, dentro y fuera del grupo.

Estaban el guapo y la guapa del pueblo. Y también la segunda más guapa y el segundo más guapo del pueblo. Los sellos de guapura eran concedidos no sólo por la gente del grupo, sino por padres, abuelos y otra serie de sociópatas narcisistas a los que les gustaba contribuir con su genialidad en un sistema social formado por criaturas sin madurar.

El segundo más guapo era primo de su superior en guapura y tenía una complicidad muy fuerte con la segunda más guapa. Estos siempre criticaban a los primeros en guapura porque, según ellos, eran inaguantables. El más guapo del pueblo hacía bromas que hacían mucha gracia a todos menos a los segundos más guapos del pueblo, el primo de este siempre le respondía con sarcasmo y hacía reír a la segunda más guapa. A nosotros dos tampoco nos hacían gracia sus chistes, sobre todo cuando los repetía por decimoquinta vez. Pero no replicábamos. Simplemente asumíamos que tendría un tipo de limitación mental y nos limitábamos a guardar silencio buscando nuestras miradas con muecas divertidas.

Todo el mundo daba por sentado que el más guapo y la más guapa estaban liados. Liados desde la perspectiva inocente que teníamos nosotros por aquel entonces. En algún momento recuerdo que se fueron a alguna campa cogidos de la mano a darse un beso como mucho. Hubo una época en la que varios componentes del grupo hacían eso. Y los que no teníamos manos que coger ni campos a los que ir, nos dedicábamos a dar balonazos contra una pared o a disparar a latas con un rifle de perdigones.

A pesar de aquella relación que a ojos de todos parecía perfecta, a la más guapa del pueblo le interesaban en realidad otros chicos de otros pueblos, más mayores que ella, más retrasados que ella, que por alguna razón conducían coches de alta gama, teniendo ellos menos de veinte años. Algunos comentaban que los listos hacían dinero trabajando en la obra, en lugar de ir al instituto, colegio u otro lugar donde no hacías dinero para poder tener moto o coche con el que ir a otros pueblos.

Todos esos líos adolescentes provocaban tensiones, bandos y pequeñas tiranteces entre nuestro grupo. Cosas que se veían claramente en la verbena. Podías distinguir quién bailaba con quién y quién evitaba bailar con quién, mientras el resto tenía que elegir. Elegir bando.

Era como ver la entradilla de Juego de Tronos, pero cambiando su famosa melodía por Paquito el chocolatero o el 20 de Abril del 90 de Celtas Cortos.

Pero nos lo pasábamos bien. A partir del décimo vaso de plástico de ron con coca cola, ya te daba igual que la orquesta tocase el quemadísimo Saturday Nigth de Whigfield pronunciada como si la cantase un gato pidiendo jamon york. La bailabas igual intentando no caerte al suelo mientras clavabas, o no, su coreografía.
Al final de la noche, todos los que no estábamos en una esquina dándonos besos, nos íbamos a la era del pueblo. Allí nos tirábamos en la hierba a ver las estrellas y la vía láctea, que nos abrumaba con la inmensa nitidez con la que se distinguía en el firmamento.

— ¿Lo pasabas bien?—preguntó el fantasma

— Ehh… si, claro que si—dije con sorpresa; claramente me había leído la mente porque yo no había dicho nada.—¿Por qué lo preguntas?

— Yo pregunto, pero mis respuestas no son las importantes. Hemos terminado aquí—dijo volteándose e invitándome a atravesar de nuevo la puerta por la que habíamos venido.

Al atravesarla, nos encontramos la escena de otra verbena. Esta vez había menos cuerdas, menos banderas y menos puestos para disparar palillos.
El ambiente era parecido al de la verbena anterior, aunque había menos jóvenes corriendo de un lado al otro.

— Verbena del año 2000.

— Yo ahí tenía veinte años.—dije, mostrando mis habilidades sumatorias.

Recordé que ese año la cosa estaba muy tensa. Nuestra peña estaba dividida en dos grupos, que no se hablaban entre ellos. El segundo más guapo del pueblo había empezado a salir con la segunda más guapa del pueblo, pero aquello no funcionó muy bien. En algún momento el tipo se lió con la más guapa del pueblo, o la más guapa del pueblo se lió con él, no lo llegué a entender muy bien. La cuestión es que a su primo, el más guapo del pueblo, y a su antigua pareja, la segunda más guapa del pueblo, aquello no les sentó muy bien. Y su respuesta, a modo de venganza, fue liarse también entre ellos o al menos, intentaron hacerlo, pero algo raro pasó y estuvieron un tiempo evitándose.
Todo ese lío de líos desencadenó un ambiente enrarecido, los diferentes seguidores tuvieron que elegir bando para no aislarse en su propia falta de personalidad.

En cuanto a nosotros dos, los dos amigos raros que pasábamos de todo, nos llevábamos bien con todo el mundo aquel año porque todo el mundo venía a nosotros a criticar al resto. Sin embargo, mi compañero, mi refugio ante aquel panorama, mi punto de escape de toda la falsedad y odio que se respiraba en ese grupo de personas por amor directo o indirecto, no pudo quedarse a las fiestas.

Me dejó solo. Sin refugio. Condenado a compartir vasos de plástico con gente que no tenía ganas de juntarse con el resto mientras sonaba Paquito el chocolatero.

Estaba solo cuando la orquesta se venía arriba con Fiesta Pagana de Mago de Oz, desafinando como un gallo en paro. Los dos grupos se rompían a bailar como locos, fingiendo diversión mientras se miraban con cara de desprecio.

Y yo, por alguna razón, acabé viendo las estrellas con la segunda chica más guapa del pueblo. Siempre me quedó la duda de si eso pasó gracias mis dotes de seducción, envalentonadas por una cantidad ingente de ron con coca cola, o por mero despecho de ella. Despecho motivado al ver a su antigua pareja bailar feliz con otra persona, al ritmo de un Mago de Oz que desafinaba. Me quedé con la duda, ya que no lo pregunté y ella nunca volvió por aquel pueblo.

— ¿Lo pasaste bien? —preguntó el fantasma

— Pues creo que sí, aunque recuerdo tener una sensación rara todo el tiempo. Una sensación que ya no recordaba. Creo que a partir de ahí todo fue a peor, la gente empezó a distanciarse y… argg ggg gg. —el fantasma tenía uno de sus largos brazos en alto y su extraña magia me impedía seguir hablando, era como si me ahogase.

— Ya me has respondido. No tenemos tiempo para más reflexiones. Aún nos queda visitar una última verbena. —interrumpió el fantasma impaciente—. Acompáñame a la puerta. Vamos.

Atravesamos la puerta y llegamos a una verbena en la que ya no hay casetas para disparar a palillos. Ya no hay tanta gente en el bar amontonándose para conseguir su vaso de plástico. La orquesta toca Paquito chocolatero, gente más joven, los que antes eran adolescentes diminutos son los que siguen la canción entusiasmados. Ya no hay cuerdas que dibujen un techo de banderas.

— Última verbena, la de 2006

— Ya veo. —dije en silencio.

Recordé que ese verano fue el último al que fui a ese pueblo. Fui porque no tenía otros planes ese verano.

Perdí el contacto con aquel amigo con el que tanto conecté antaño, con el que compartí tantas aventuras. Aventuras que no tenían nada de extraordinario pero que llenaron momentos de mi vida de recuerdos. Recuerdos a los que volver cuando caigo en la trampa de pensar que aprovechar la vida requiere de algo muy excepcional, muy fantástico, dejando por ello de aprovechar cosas más pequeñas, por ser menos importantes. Menos importantes, para otros.

Sin esa persona, la experiencia fue totalmente vacía. Fue como tener el vacío de mi vida normal y otro vacío adicional al llegar a ese lugar, en el que ya nadie se tiraba en la hierba a mirar las estrellas.

En esa verbena se seguía tocando Mago de Oz, 20 de Abril del Noventa y otras canciones que ya nadie disfrutaba como antes. Los más guapos del pueblo eran ya otros, de nuevas generaciones. Aquel al que el tiempo arrebató aquel título —de mierda— seguía haciendo sus bromas, las mismas de hace diez años. Como ya no tenía quien se riera de ellas, se reía él solo de las mismas y de otras que provenían de su vaso de plástico, al que nunca le faltó alcohol.

En esa última verbena se le podía ver dando tumbos, acercándose a diferentes grupos. Aunque aún conservaba cierto atractivo físico, había perdido el atractivo en todo lo demás y al acercarse ahora a personas del género opuesto, estas apartaban boca y cara cuando él se las aproximaba amenazando con juntar morro, especialmente después de vomitar delante de ellas.
Terminó por perderse entre las calles del pueblo. Con la torpeza y tristeza del que bebe solo y no se da cuenta de lo solo que está.

La que fue la más guapa del pueblo fue ese año con su novio y algunos amigos. Sorprendentemente eran muy majos y en cuanto vieron el percal, se fueron de allí para irse de fiesta a otro lugar. Deseé irme con ellos.

Desde entonces, mantengo el contacto con unas siete personas simplemente por mantenerlo, para felicitarnos el cumpleaños por WhatsApp y nada más. Nunca volví a aquel pueblo. Escuché historias de algunos de los protagonistas volviéndose a cabrear por cosas de hace diez años, de problemas con el alcohol, de separaciones… Cosas que les pasan a estrellas del rock, pero sin ser estrellas del rock.

— ¿Lo pasaste bien? —preguntó el fantasma impaciente

— No fue un buen recuerdo, la verdad es que me arrepentí bastante de ir ese año

— Estupendo… —dijo el fantasma sin interés alguno y sin mirarme y haciendo el gesto de mirar un reloj que no se veía puesto en su muñeca. —Yo ya no tengo nada más que enseñarte. Me voy.

— ¿¿Te vas??… ¿pero a dónde?, ¿de qué iba todo esto?

— ¡Sí! —dijo el fantasma, mostrando una cara de alegría por notar que yo había entendido algo que en realidad no había entendido en absoluto. —¡Recuerda tus verbenas pasadas! Y… ¡Pásalo bien! ¡Es importante!— Dijo desvaneciéndose tanto en voz como en presencia.
Y todo se desvaneció en una luz cegadora que me dejó confundido durante un minuto entero.

No sé cuánto tiempo estuve en coma. A mi lado estaban mis padres y alguna persona más. En el grupo de Whatsapp tenía algunos mensajes del tipo “qué pena que no hayas podido venir a las fiestas, otro año será”, como si el haber rozado la muerte hubiera sido un mero contratiempo para perderme lo que realmente era importante, o “nos alegramos que te hayas recuperado”, con el emoji del brazo sacando bola. Hubo otras personas que no me escribieron, porque no sabían qué escribir, pero me llamaron y estuvimos un buen rato hablando. Después de esa ocasión, quedamos en varias ocasiones y recuperamos el contacto, aunque no nos felicitábamos el cumpleaños en WhatsApp.

Nunca he dejado de pensar en aquel fantasma. Surgió de la nada para hacerme viajar al pasado de forma urgente y hacerme una única pregunta: “¿lo pasaste bien?”.
Es sorprendente cómo una sola pregunta puede ayudarte a tomar decisiones que incluso pueden salvarte la vida. En todos los sentidos.

Quizás aquel fantasma pensó que tenía que acudir urgentemente a algún lugar sin hacerse esa pregunta. Tal vez por eso tenía tanta prisa.
Quizás fue lo último que sintió en vida.
La prisa por llegar a un sitio sin preguntarse por qué quería ir o si realmente le haría feliz hacerlo.

Espero que consiga llegar a su destino para poder descansar y dejar de escuchar tantas veces, el Paquito el chocolatero.

Guerreros de la queja

3 de junio de 2025

Había una vez un pueblo habitado por valientes guerreros.
Se apostaban en bares, plazas y lugares donde hubiera audiencia. Hablaban bien alto y bien claro, sobre las batallas que librarían contra toda injusticia que habitase en el mundo.

Se quejaban de todo lo que estaba mal, señalaban a los causantes de tales penurias. Que siempre eran otros, los malhechores y los cobardes.

Odiaban a los malhechores pero eran los cobardes, sin ninguna duda, su mayor enemigo. Gente de todo tipo que eran inútiles en solucionar lo que estaba mal en el mundo y cobardes a la hora de enfrentarse a los malhechores.
¡Ay de estos si se encontrasen con nuestros guerreros cara a cara! Los destruirían sin piedad de mil formas distintas. Les infundirían tanto respeto que no les quedase otra salida que abandonar el oficio del mal para siempre.

Y por hablar o por otras razones, un día llegó el mal a ese pueblo de valientes. Llegó tímidamente, con pequeñas gotas que se van transformando, casi sin darte cuenta, en tormentas para las que no existen paraguas ni refugios.
Aquellos valientes se fueron empapando poco a poco, en silencio. Se pusieron de acuerdo en el asunto de sobrevivir. Esperaron a que la tormenta pasase, a que los cobardes se aburrieran de hacer y deshacer a su antojo y, al final, se fueran de allí.

Pero el tiempo pasó, y los cobardes seguían haciendo y deshaciendo. Algunos de esos valientes olvidaron que lo eran y se sumieron en silencio, en la culpa y en otros pozos de similar oscuridad.
Otros se unieron a los cobardes, borrando todo recuerdo tanto de sus batallas y valentía imaginadas como de sus quejas.
Los que quedaban, seguían con su lucha, la de quejarse. Pero ahora lo hacían desde las trincheras de sus casas y no muy alto sobre los males que traían aquellos cobardes. Maldecían su presencia; esa que les impedía librar sus tan ansiadas y valientes batallas.

Como pasa con todo, el tiempo enterró esa época escrita a base de silencio y vergüenza. La llegada de nuevas generaciones y los cambios que llegaron también con ellas, la borraron del recuerdo de todos. Y con el olvido, nuevos aspirantes a guerreros, alzaron de nuevo sus voces que, con muchas quejas y mucha sed de batallas, volvieron a llenar bares y plazas.

El relevo

9 de mayo de 2025

En este mundo, el viento y la nieve luchan sin descanso, fundidos en un baile inclemente que entorpece la vista y desgasta la existencia desde hace ya demasiado tiempo. Sus aullidos, resultado de esa lucha, son omnipresentes; se escuchan en cada recóndito lugar. En uno de esos lugares, se adivina, a lo lejos, la figura de un edificio gris sin ventanas y con forma de fortaleza. Este, se encuentra casi totalmente enterrado por la nieve, salvo su parte delantera, donde un pasillo de hielo, de varios metros de ancho y profundidad, se extiende desde una gigantesca puerta de acero hasta perderse en el horizonte.
Delante de esa puerta, se pueden distinguir dos pequeñas siluetas, que la custodian como soldaditos de plomo, inmóviles, con su mirada iluminada fija en el horizonte.

«Bip». Un leve pitido surgió del interior de la silueta de la derecha: un robot humanoide. La silueta de al lado, la del otro robot, giró la cabeza hacia él, como si el pitido hubiera despertado su curiosidad.

«Te estás quedando sin batería» comentó el robot de la izquierda, acercándose a su compañero mientras sacaba un cable de su espalda para conectarlo en la del otro, que permanecía inmóvil, sin expresión alguna.

La recarga completa de su batería requeriría cuatro días humanos. Para ellos, la percepción del tiempo era muy distinta a la nuestra, pero, para facilitar la comprensión, expresaremos el tiempo en términos humanos para contar esta pequeña historia.

Mientras permanecía al lado de su inerte compañero, nuestro protagonista intentaba recordar, entre sus registros, cuándo había sido la última vez que alguien recargó su batería. Fue otro robot el que lo hizo, hace dos décadas humanas, antes de llegar a la puerta. Antes de eso, encontraba menciones sobre otra puerta, pero no tenía archivos ni imágenes sobre ello, sólo escuetas líneas de registro en archivos que parecían ser parte de su pasado. Pero eso no era importante en ese momento. Se necesitaban dos centinelas en esa puerta que esperasen instrucciones, por lo que la prioridad era cargar a su compañero y garantizar que ambos estuvieran en óptimas condiciones para seguir custodiando la puerta hasta recibir instrucciones.

No podía sentir el frío, pero registraba con precisión cada cambio de temperatura, la fuerza del viento y el porcentaje de visibilidad. En ese momento y teniendo en cuenta la tempestad que tenía delante, podía ver con claridad a cien metros de distancia y detectar movimiento en un radio de un kilómetro; aunque en veinte años humanos no había detectado más movimiento que el de la nieve arrastrada sin piedad por el eterno temporal en el que estaban envueltos.

Aunque su compañero no hablaba ni mostraba expresión alguna, se había habituado a tenerlo cerca. Además, según el protocolo, se necesitaban dos centinelas en la puerta, y ambos debían esperar instrucciones.

«Biiiiip, Bip» El sonido indicaba el fin de la carga, aunque aún faltaban dos días para que la batería estuviera completamente cargada. Eso era inusual, por lo que decidió iniciar un diagnóstico del estado de la batería de su compañero. Pero, antes siquiera de comenzar, su compañero se agitó con brusquedad y lo arrastró consigo, hasta que ambos cayeron al suelo frente a la puerta. El cable de carga se soltó y sin aparente motivo, el robot empezó a correr hacia el infinito pasillo de hielo que se extendía frente a ellos.

Ahora tenía que decidir. Su deber era vigilar la puerta y esperar instrucciones, pero no podía hacerlo solo: se requerían dos centinelas para ello. Por eso, decidió ir en busca de su compañero.

Correr por la nieve en mitad de un temporal como ese no era nada sencillo, ni siquiera para un robot como él. El pasillo de hielo daba cierta protección y se mantenía intacto gracias a un sistema de quitanieves y barrido que absorbía la nieve continuamente y la expulsaba al exterior. Parecía diseñado para despejar una carretera y era, precisamente, la ruta de aquella senda, la que permanecía sin sepultar por decenas de metros de nieve, dejando marcado ese pasillo desde hacía no sólo décadas, sino siglos humanos.
La intensidad del temporal dejaba una capa de nieve perpetua en el suelo, que el sistema de quitanieves no daba abasto para eliminar y que resultaba difícil de atravesar.

Pasaron semanas de búsqueda. Día y noche, seguía, incansable, las pisadas de su compañero. La puerta, a cientos de kilómetros atrás, había quedado desprotegida. Nadie aguardaba instrucciones allí. La prioridad de nuestro protagonista seguía siendo clara: dos centinelas, ni uno menos, debían custodiarla.

Con el paso del tiempo, empezó a buscar en su memoria imágenes de su compañero junto a él, en la puerta, esperando instrucciones. Al principio lo hacía de forma puntual, como un simple chequeo para asegurarse de que los datos seguían intactos. Pero, con los días, las consultas se volvieron frecuentes, casi inevitables.
Aquel robot no sólo recordaba, sino que valoraba lo que recordaba. Era sentiente y echaba de menos. No podía distinguir entre su programación (grabada siglos atrás para asegurar que siempre hubiera dos centinelas en la puerta) y una necesidad mucho más íntima: la de no estar solo.

Dos meses después, encontró un robot inmóvil, tendido boca abajo sobre la nieve. El identificador junto a la toma de carga no coincidía con el de su compañero. Parecía intacto, pero su batería estaba completamente descargada.
De nuevo tenía que decidir: cargar a ese robot lo suficiente como para regresar juntos a la puerta y esperar instrucciones, tal como dictaban sus directrices; o continuar la búsqueda de su compañero, algo que, desde la perspectiva de cualquier otro robot, ya no tenía demasiado sentido.

Estaba confuso. No por las opciones a la hora de elegir, sino por la duda misma.
Por primera vez, identificaba con claridad dos de sus sentimientos: la indecisión y el miedo. El miedo a no volver a ver a su compañero. Un compañero que, en todos sus registros de memoria, jamás le dirigió la palabra, nunca apartó la vista del horizonte, y con toda seguridad nunca fue consciente ni de él, ni de su propia existencia. Sin embargo, nuestro protagonista, sí que era consciente. De sí mismo. Y de su soledad, también.
Dudaba, por tanto, entre obedecer unas instrucciones grabadas siglos atrás (quizá ya carentes de sentido) o continuar su marcha hacia lo desconocido, en busca de un ser que nunca le ofreció afecto ni simpatía.

Tomó una decisión intermedia: cargaría la batería de aquel robot lo suficiente para que pudiera regresar a la puerta, ahora desprotegida y sin ningún centinela esperando instrucciones.
Después, reanudaría su búsqueda. Sabía que, mientras cargaba al robot, la nieve borraría las huellas que seguía de su compañero, pero meses de experiencia recorriendo aquel pasillo de hielo le habían enseñado algo: sólo existía un camino. Hacia adelante.

La batería de su relevo estaba lo suficientemente cargada. Logró transmitirle las instrucciones para regresar a la puerta. El nuevo centinela, sin cuestionarlas, partió con celeridad hacia su destino. Él prosiguió su marcha hacia lo desconocido.

Pasaron varios meses más. Meses preguntándose por qué él, un robot que no parecía haber sido diseñado para sentir ni ser consciente de sí mismo, había desarrollado esa condición. Una condición que, lejos de ser una virtud, era, en ese mundo helado, una condena garantizada a la soledad.

Con determinación, y con la poca batería que le quedaba, logró llegar al final del camino. Allí encontró lo que parecía un espejismo del pasado: dos centinelas frente a otra puerta. Su compañero, ahora a la izquierda. Otro centinela, a la derecha.

«Bip». El pitido de batería baja sonó esta vez desde su interior. Unos pasos más adelante, cayó al suelo, a pocos metros de su antiguo compañero.
Este bajó la mirada hacia él y, sin expresión alguna, extendió el cable para recargarlo.

«Biiiiip, Bip». La batería se había cargado por completo. El cuerpo de nuestro protagonista volvió a activarse, pero sus ojos, aunque brillaban con fuerza, ya no mostraban ni curiosidad ni sentimiento.

Al incorporarse, comprobó que frente a la puerta había ya dos centinelas. Consultó su registro: existía otra puerta, y otro robot había partido hacia ella tiempo atrás. Calculó que debía ponerse en marcha cuanto antes.
Era de vital importancia que aquella puerta también contara con dos centinelas, esperando instrucciones.

Fin.

– Asier

En Múnich: el kartoffelknödel

8 de abril de 2025

Era tarde en Múnich. A esas hora, encontrar un sitio para saciar el hambre y disfrutar de una jarra enorme de cerveza oscura resultaba casi un milagro, pero, entre algo de suerte y pura cabezonería, se hizo el apaño.

La cerveza no tardó en llegar. Un par de sorbos de aquel maná oscuro fueron suficientes para dejar atrás un día igual de oscuro, pero en un sentido menos placentero.
Llegó su asado de ternera. Un trozo de carne acompañado de una especie de albóndiga de patata, ambos bañados en una piscina de salsa marrón oscura humeante. Desprendía un aroma lo suficientemente intenso como para despertar el hambre de cualquier ser vivo del lugar.
El sabor le hacía justicia. Tras probar la carne y mojar varios trozos de pan en la salsa, le llegó el turno a la bola de patata. Pero esta aguardaba, paciente, para complicar la trama. La dichosa bola se pegó al tenedor fundiéndose a él, envolviéndolo con su cuerpo áspero, pastoso y pegajoso, dificultando la tarea de partirla. El tipo, por alguna extraña razón, se metió un trozo de aquella bola siniestra en la boca. Esa pasta insípida se aferró con sequedad a su garganta. Parecía crecer al tragarse, como un hongo maquiavélico buscando destruir de forma horrible al primer humano que cayese en su trampa. Tuvo que dar un sorbo a la cerveza para mover aquella masa y así, salvar la vida. Esa cosa se arrastraba por su garganta hasta el estómago tal y como se arrastran por una tubería atascada los restos de comida putrefactos y acumulados durante meses, al ceder por la presión del agua. Sin entender muy bien por qué, siguió separando más trozos con el tenedor e intentando digerirlos. Pero esa bola no se terminaba. Él seguía partiendo más y más trozos mientras reflexionaba sobre lo absurdo de arruinar un plato tan delicioso con aquella masa insípida. No reparó en que la bola crecía y la cerveza menguaba al mismo ritmo.

A su espalda, de la pared colgaba un cuadro en el que un hombre yacía con la cabeza estampada en un plato hondo, rebosante de salsa oscura. A su lado, una enorme jarra de cerveza vacía. Una advertencia nada sutil, si me preguntan.


Asier

Baldosas

25 de marzo de 2025

Alguien que daba sus primeros pasos hacia un destino empezó a encontrar baldosas. Poco a poco, aquellas baldosas cubrieron el camino por completo, haciendo su paso más cómodo y ligero. Estas mostraban multitud de imágenes curiosas. Imágenes que incluso eran animadas y se movían. Al acelerar su marcha, dejaba de mirar a su destino fijando la vista totalmente en las baldosas. A cada paso le parecían mucho más entretenidas, mucho más graciosas y mucho más interesantes. A más baldosas, más velocidad. Pero esa persona no deseaba correr; eran el suelo y las baldosas los que lo forzaban a hacerlo. Intentó parar y dejar de mirar las baldosas, pero la velocidad era ya tal que no podía alzar la vista si quería mantener el equilibrio. Las imágenes en las baldosas, que empezaban ya a repetirse, ya no le resultaban ni graciosas ni interesantes. No recordaba su destino, sólo quería dejar de correr y de ver baldosas.

En otro mundo, alguien caminaba también sobre baldosas. En una de ellas vió a una persona correr, de una forma bastante torpe y cómica, sobre un camino de baldosas.


Asier