Sueño dos

25 de marzo de 2025

Un tipo estaba en la barra de un bar sentado al lado de un maniquí de madera que acariciaba un gato peludo en su regazo. «Nunca debí haber hecho caso a un pato sobre cuestiones financieras», le dijo a un gato enorme de madera que acariciaba a un maniquí peludo en su regazo.
El gato, que ahora era un pato, le cogió la mano y tiró de él. Empezaron a bailar y cantar una pegadiza canción sobre deudas y amortizaciones.


Asier

Sueño uno

25 de marzo de 2025

No recordaba cuando vió la brecha por primera vez. Era una línea de luz que partía horizontalmente a la mitad toda la realidad observable. Al principio, irrumpía tímidamente como una línea muy fina en su campo de visión, pero, poco a poco, se hizo más gruesa y molesta. Aquella división brillante aparecía en todo lo que el ojo podía percibir y no se libraba de ella, mirase a donde mirase, fuera de día o de noche. Incluso con los ojos cerrados y viendo todo oscuro, la línea estaba allí. Era tan molesta que no podía evitar correr a mirar otra cosa. Finalmente, entre imágenes partidas, despertó. La persiana no estaba completamente bajada y la luz, rabiosa, entraba por la rendija que dejaba abierta en la ventana.


Asier

Coger un autobús

18 de marzo de 2025

Un joven de esos que visten con uniforme de colegio corría para coger su autobús. Esa mañana se entretuvo demasiado arreglándose el pelo y ahora iba con el tiempo justo.

Al llegar a la estación, vio con impotencia cómo el autobús cerraba las puertas y arrancaba a unos metros de él. Las piernas le flaquearon un instante, pero la imagen de lo que le esperaba en casa si volvía a perderlo, lo empujó con fuerza hacia adelante.

Los letreros hicieron brillar mensajes que gritaban “no lo vas a alcanzar”, “¿para qué corres, si sabes que no llegarás?” y “siempre te pasa lo mismo, vas con el tiempo pegado a la cara”. La gente en la parada se veían como figuras desenfocadas, manchas borrosas que parecían voltearse hacia él para juzgarlo con escepticismo y lástima; le exigían que aceptase que su derrota y asumiera que ese bus había pasado ya a mejor vía. Nadie lo estaba mirando en realidad, pero el muchacho no tenía tiempo para darse cuenta de ello.

Alcanzó a la criatura de hierro y golpeó su puerta con fuerza, como un mago en una pecera que golpea desesperado el cristal al ver su truco fallar. El conductor, apiadándose del muchacho, detuvo el vehículo, lo dejó entrar y examinó el billete con desconcierto. “Este no es su autobús, ¿no se ha fijado en todos los letreros indicando que el suyo venía con retraso?”, le dijo devolviéndole el billete con hastío. El rostro del chaval, rojo con un tomate, dibujó una sonrisa nerviosa que suplicaba perdón mientras recordaba coger aire.

Dejó ir a ese pobre autobús y se secó la cara; estaba empapada de sudor y gomina. Comprobó que aún quedaban cinco minutos para que llegase el suyo y se dirigió, no sin cierta parsimonia, al baño de caballeros; le daba tiempo de sobra para limpiarse un poco y arreglarse el pelo de nuevo.


Asier

Azules

11 de marzo de 2025

Juan buscaba rosas azules. En un mundo en el que todos habían sufrido lo indecible y luchaban por reconstruirse, él cultivaba y vendía rosas de cada color posible, menos el azul. Sabía que existieron en el pasado, pero no halló mucho escrito sobre ellas. En sus innumerables viajes y aventuras, se ganó la amistad de personas de diferentes lugares, etnias y culturas que trataron de ayudarlo a encontrarlas.

Pero lo único que traía consigo de aquellos viajes eran sus experiencias y aprendizajes, que compartía con la gente del lugar, como Pedro, hábil carpintero y también, su mejor amigo.

Pedro compraba ramos de rosas para su difunta esposa, a quien visitaba casi a diario. Siempre guardaba una flor para su hija Clara, el amor de su vida. Como los ojos de la niña eran azules, Juan le prometió que los primeros ramos de ese color serían para ella.

Al regresar de uno de sus viajes, Juan se encontró con los restos de lo que parecía haber sido una batalla reciente. Los ataques eran frecuentes y los lugareños estaban ya acostumbrados a ellos, pero ese fue especialmente violento; había casas calcinadas y varios cuerpos por el suelo. La gente le contó que repelieron la amenaza con éxito, aunque ahora tendrían que reconstruir todo lo perdido.

Llegó a su casa y comprobó con alivio que tanto la vivienda como su vivero, estaban intactos. Tendría que olvidarse de sus viajes por un tiempo; la gente va a necesitar flores para las personas que habían perdido, pensó. Y calculó pasar los siguientes días preparando ramos para todos. Pensó también en su amigo Pedro, quien sin duda tendría mucha faena por delante.

Cuando se acercó a la casa de su amigo, sintó como el estómago le estrangulaba la garganta. La puerta estaba sospechosamente abierta. Entró y vió el cuerpo de Pedro en suelo. Sin vida. Con su viejo puñal en la mano. A pocos metros yacía el de un asaltante, destrozado. Encontró a Clara escondida en uno de los armarios de las habitaciones de arriba, aterrorizada. En ese preciso momento decidió que aquellas aventuras de buscar flores azules habían terminado para él.

Cuidó de Clara como si fuera su hija hasta el fin de sus días. A menudo, lo visitaban antiguos compañeros de aventuras que llegaban desde muy lejos para revivír juntos anécdotas pasadas.

Nunca quiso viajar de nuevo. Encontró todo el azul del mundo en los ojos de Clara, que se iluminaban al sonreir mientras preparaba ramos de rosas para sus padres.


Asier

La tormenta

7 de marzo de 2025

«Parece que va a llover», se leía en la pizarra del bar de una recóndita posada, perdida entre montañas donde la lluvia nunca cesaba. Era el punto de encuentro para quienes mataban el tiempo con una pinta de cerveza. Y lo hacían en silencio; allí nadie hablaba. En ese cementerio de seres bebientes, sólo se oía a la posadera ocupándose de sus rutinas y el murmullo del agua contra las ventanas. Pero esa calma, tan apreciada por todos, era interrumpida los días que cierto personaje decidía pasarse por allí.

Aquel era un tipo de los que no callan ni bajo el agua. De esos que cuentan detalles de su vida al primero que se les cruza y que cuando te hablan de un tema, pasan a otro distinto dejándote con la respuesta en la boca. Y ese día tenía muchas ganas de hablar.

Estaba completamente empapado. Nada más entrar por la puerta se quejó de la lluvia, lamentando haberse dejado el paraguas en casa. Siguió hablando sin parar. La posadera lo observaba impaciente, deseando que pidiera algo de una vez, para poder volver a sus rutinas. Tras liberar a la pobre mujer y ya con su pinta en la mano, caminó por la sala buscando víctimas, lanzando frases a todo aquel que osara a cruzarle la mirada. Algunos se refugiaban tras sus vasos de cerveza, como niños chicos evitando los ojos del profesor para no ser preguntados. Uno sintió tal agobio que huyó al baño para salvarse, pero lo encontró ya ocupado por algún otro más avispado. Resignado, observó desde el fondo del local cómo la boca de aquel devorador de atención se hacía más y más grande. Se hizo tan enorme que empezó a engullir el bar entero. Literalmente.

Se abrieron grietas enormes en las paredes. El suelo y el techo empezaron a resquebrajarse. Una tras otra, las ventanas estallaron provocando un estruendo aterrador. Tablas, piedras y cristales eran absorbidos por ese precipicio dentado que lo aspiraba todo con furia demencial. Platos, jarras y vasos se veían como proyectiles en el aire chocando entre sí, explotando en pedazos por todas partes. Las mesas y las sillas se arrastraban con violencia, golpeando sin piedad a quien encontrasen en su camino. Algunos se aferraban a las vigas buscando la salvación pero, al ser estas de madera, se partieron como mástiles de un navío castigado por la peor de las tormentas. Un pobre gato chillaba desesperado arañando la nada mientras volaba hacia su final, desapareciendo en el interior de aquel abismo. Ya no quedaba esperanza para nadie; tarde o temprano todos serían tragados por ese agujero de carne y dientes.

Pero, afortunadamente, todo llega a su fin. Cansado ya de que nadie le hiciera caso y sin comprender las reacciones de agobio, horror e incluso pánico que veía a su alrededor, terminó su pinta y se fue sin más. La posadera entonces, con toda la tranquilidad del mundo, se acercó a la pizarra y borró lo que estaba escrito en ella. La calma volvió al lugar y algunos se acercaron a por otra cerveza, en silencio.

Fuera de la posada, seguía lloviendo.

– Asier