El juego

25 de febrero de 2025

Hace meses que jugamos a este juego: en cuanto me piensa, me precipito contra su pecho con todas mis fuerzas. Me encanta notar cómo su respiración se quiebra al estrujarle con mis abrazos. Es una obsesión que me pierde. De noche, disfruto despertándolo para recordarle que sigo a su lado, aferrada a él, sin intención alguna de soltarlo.

Habla de mí con sus amistades. Le repiten una y otra vez que me olvide, que no se preocupe tanto, que terminaré desapareciendo.
Le dicen que pasaré como pasa el tiempo. Sin embargo, esas palabras sólo hacen que me piense con la misma fuerza con la que yo lo abrazo.

Aún así, reconozco que me aterra que se distraiga, que se vuelque en actividades que le impidan pensar en mí. No soporto esa idea.
No podría vivir sin abrazarlo.

Pongo en marcha un plan infalible: un abrazo tan intenso que nos fundirá a ambos para siempre. Me lanzo sobre él y aprieto con fuerza. Y sigo apretando, con mucha más fuerza; no quiero parar. Noto cómo sus huesos empiezan a protestar, clavándose en su aliento. Él se revuelve de dolor y sigo insistiendo. Llegamos juntos a un nivel de intensidad que jamás habíamos experimentado. Pero no estoy satisfecha: quiero más. Reúno todas las fuerzas que me quedan para apretar con aún más ímpetu. De pronto, noto que se rinde. Ya no percibo resistencia alguna; no respira en absoluto.

Exhausta, contemplo con miedo y decepción su cuerpo agarrotado en el suelo. Ya no me piensa, ni desea continuar nuestro juego.

– Asier

Peces

18 de febrero de 2025

Las horas se prolongan como días, meses y años. Bueno, puede que exagere con los años. Aun así, el reloj parece detenido en este soporífero mar en calma y yo no soy precisamente alguien paciente. Desde aquí no diviso ni dirección ni destino.

Tengo hambre, el aburrimiento me consume y, para colmo, están los peces. Esos dichosos peces. Un montón de criaturas muy aburridas corriendo muy agobiadas de un lado a otro por asuntos que no le interesan a nadie. Algunos chocan contra mí, rompiendo la paz que había pactado con mi propio aburrimiento. Parecen suplicarme hacer algo todavía más aburrido que dejar correr el tiempo: unirme a ellos.

Arranqué un viaje prometedor con gente interesante y capitanes experimentados. Ahora, en cambio, me encuentro solo y sin rumbo, hostigado por peces insoportables, preguntándome qué fue de todo aquello.

Otra hora más. Parece que esos molestos peces se han ido con sus prisas a otra parte. Aprovecho para dejarme atrapar por mis pensamientos. De pronto, algo sucede. Una ola gigante me golpea. Sin embargo, no se trata de una ola sino de otro pez. Lo reconozco enseguida. Es un pez gordo a quien no parezco caerle bien. Me mira con desprecio pero ignoro su gesto porque, tras esta odiosa e interminable espera, por fin diviso tierra.

Es hora de fichar e irme a casa.

– Asier

El navío

17 de febrero de 2025

Restos de su antiguo navío flotan por doquier. Su fuerza y protección se perciben aún en el agua. Se aproxima una tormenta y su humor no está para tales inclemencias.
«Debería haber traído un paraguas», murmuró.

– Asier

Para siempre

12 de febrero de 2025

Y llegó ese día, ese dichoso día. Te quedaste mirando el jardín y te imaginé rompiendo a correr, creando viento, sin intención de parar ni de rendirte a la dejadez del cansancio del que no está cansado y siendo otra vez una flecha sin destino.

La primera vez que llegaste eras más pequeña que mi mano. Tu energía era inagotable, inacabable, inextinguible. Eras más rápida que el tiempo, como un rayo de luz infinito atravesando cada habitación, corriendo, trepando, jugando y desafiándolo sin el menor miramiento.
Siendo tan pequeña, conseguías alborotar todo lo que era tan grande y monótono.

Dormías poco, parecía que no querías perderte nada de la vida. Me tropezaba con tu traviesa mirada en cada esquina, con esos enormes ojos abiertos como quien descubre algo sorprendente por primera vez.
Y hacías cabrear a los perros. Y a otros gatos también. Eso te encantaba.

Tu inagotable energía y tu traviesa mirada arroparon buenos y malos momentos a lo largo de esa década. Década que esperaba que fuera más larga o al menos, no tan corta. Pero no. Ahí estabas, contemplando la libertad. Inmóvil. Jardín, libertad y tú, siendo uno. Para siempre.

– Asier

La gasolinera

15 de agosto de 2024

¿Y lo que jode darle la razón a tu escepticismo? A esa barrera antihostias que te protege de toda posibilidad de sentir. Jode tener razón cuando no quieres tenerla.

Y es que ya no sientes ni esperas ya nada, ni decepciones, ni sorpresas. Ansías eso si, la tristeza ensordecedora fruto de tus ilusiones despedazándose contra el suelo. Pero no llega. No hay ni suelo ni ilusiones que romper. Hay una finísima capa de agua en calma que se mantiene inmutable por mucho que se pise.

Eres una gasolinera abandonada a uno de los lados de la carretera. De esas que no tienen ni pintadas y si las tienen, se han dibujado rápido y sin ganas. Casi ni se podría decir que sean pintadas; son mera suciedad precoz que alguien ha dejado a desgana contra algunas de sus aburridas paredes. Esa suciedad se queda y otros recuerdos se borran.

Alguien escribió alguna vez que el secreto de la felicidad es mantener bajas las expectativas. Siempre que escucho esa frase pienso en esa gasolinera. En sus pintadas. En la suciedad. En la maleza tapando cicatrices. En toda la estructura decrépita que ya no espera nada más que el paso del tiempo.

– Asier