Azules

11 de marzo de 2025

Juan buscaba rosas azules. En un mundo en el que todos habían sufrido lo indecible y luchaban por reconstruirse, él cultivaba y vendía rosas de cada color posible, menos el azul. Sabía que existieron en el pasado, pero no halló mucho escrito sobre ellas. En sus innumerables viajes y aventuras, se ganó la amistad de personas de diferentes lugares, etnias y culturas que trataron de ayudarlo a encontrarlas.

Pero lo único que traía consigo de aquellos viajes eran sus experiencias y aprendizajes, que compartía con la gente del lugar, como Pedro, hábil carpintero y también, su mejor amigo.

Pedro compraba ramos de rosas para su difunta esposa, a quien visitaba casi a diario. Siempre guardaba una flor para su hija Clara, el amor de su vida. Como los ojos de la niña eran azules, Juan le prometió que los primeros ramos de ese color serían para ella.

Al regresar de uno de sus viajes, Juan se encontró con los restos de lo que parecía haber sido una batalla reciente. Los ataques eran frecuentes y los lugareños estaban ya acostumbrados a ellos, pero ese fue especialmente violento; había casas calcinadas y varios cuerpos por el suelo. La gente le contó que repelieron la amenaza con éxito, aunque ahora tendrían que reconstruir todo lo perdido.

Llegó a su casa y comprobó con alivio que tanto la vivienda como su vivero, estaban intactos. Tendría que olvidarse de sus viajes por un tiempo; la gente va a necesitar flores para las personas que habían perdido, pensó. Y calculó pasar los siguientes días preparando ramos para todos. Pensó también en su amigo Pedro, quien sin duda tendría mucha faena por delante.

Cuando se acercó a la casa de su amigo, sintó como el estómago le estrangulaba la garganta. La puerta estaba sospechosamente abierta. Entró y vió el cuerpo de Pedro en suelo. Sin vida. Con su viejo puñal en la mano. A pocos metros yacía el de un asaltante, destrozado. Encontró a Clara escondida en uno de los armarios de las habitaciones de arriba, aterrorizada. En ese preciso momento decidió que aquellas aventuras de buscar flores azules habían terminado para él.

Cuidó de Clara como si fuera su hija hasta el fin de sus días. A menudo, lo visitaban antiguos compañeros de aventuras que llegaban desde muy lejos para revivír juntos anécdotas pasadas.

Nunca quiso viajar de nuevo. Encontró todo el azul del mundo en los ojos de Clara, que se iluminaban al sonreir mientras preparaba ramos de rosas para sus padres.


Asier

La tormenta

7 de marzo de 2025

«Parece que va a llover», se leía en la pizarra del bar de una recóndita posada, perdida entre montañas donde la lluvia nunca cesaba. Era el punto de encuentro para quienes mataban el tiempo con una pinta de cerveza. Y lo hacían en silencio; allí nadie hablaba. En ese cementerio de seres bebientes, sólo se oía a la posadera ocupándose de sus rutinas y el murmullo del agua contra las ventanas. Pero esa calma, tan apreciada por todos, era interrumpida los días que cierto personaje decidía pasarse por allí.

Aquel era un tipo de los que no callan ni bajo el agua. De esos que cuentan detalles de su vida al primero que se les cruza y que cuando te hablan de un tema, pasan a otro distinto dejándote con la respuesta en la boca. Y ese día tenía muchas ganas de hablar.

Estaba completamente empapado. Nada más entrar por la puerta se quejó de la lluvia, lamentando haberse dejado el paraguas en casa. Siguió hablando sin parar. La posadera lo observaba impaciente, deseando que pidiera algo de una vez, para poder volver a sus rutinas. Tras liberar a la pobre mujer y ya con su pinta en la mano, caminó por la sala buscando víctimas, lanzando frases a todo aquel que osara a cruzarle la mirada. Algunos se refugiaban tras sus vasos de cerveza, como niños chicos evitando los ojos del profesor para no ser preguntados. Uno sintió tal agobio que huyó al baño para salvarse, pero lo encontró ya ocupado por algún otro más avispado. Resignado, observó desde el fondo del local cómo la boca de aquel devorador de atención se hacía más y más grande. Se hizo tan enorme que empezó a engullir el bar entero. Literalmente.

Se abrieron grietas enormes en las paredes. El suelo y el techo empezaron a resquebrajarse. Una tras otra, las ventanas estallaron provocando un estruendo aterrador. Tablas, piedras y cristales eran absorbidos por ese precipicio dentado que lo aspiraba todo con furia demencial. Platos, jarras y vasos se veían como proyectiles en el aire chocando entre sí, explotando en pedazos por todas partes. Las mesas y las sillas se arrastraban con violencia, golpeando sin piedad a quien encontrasen en su camino. Algunos se aferraban a las vigas buscando la salvación pero, al ser estas de madera, se partieron como mástiles de un navío castigado por la peor de las tormentas. Un pobre gato chillaba desesperado arañando la nada mientras volaba hacia su final, desapareciendo en el interior de aquel abismo. Ya no quedaba esperanza para nadie; tarde o temprano todos serían tragados por ese agujero de carne y dientes.

Pero, afortunadamente, todo llega a su fin. Cansado ya de que nadie le hiciera caso y sin comprender las reacciones de agobio, horror e incluso pánico que veía a su alrededor, terminó su pinta y se fue sin más. La posadera entonces, con toda la tranquilidad del mundo, se acercó a la pizarra y borró lo que estaba escrito en ella. La calma volvió al lugar y algunos se acercaron a por otra cerveza, en silencio.

Fuera de la posada, seguía lloviendo.

– Asier

El juego

25 de febrero de 2025

Hace meses que jugamos a este juego: en cuanto me piensa, me precipito contra su pecho con todas mis fuerzas. Me encanta notar cómo su respiración se quiebra al estrujarle con mis abrazos. Es una obsesión que me pierde. De noche, disfruto despertándolo para recordarle que sigo a su lado, aferrada a él, sin intención alguna de soltarlo.

Habla de mí con sus amistades. Le repiten una y otra vez que me olvide, que no se preocupe tanto, que terminaré desapareciendo.
Le dicen que pasaré como pasa el tiempo. Sin embargo, esas palabras sólo hacen que me piense con la misma fuerza con la que yo lo abrazo.

Aún así, reconozco que me aterra que se distraiga, que se vuelque en actividades que le impidan pensar en mí. No soporto esa idea.
No podría vivir sin abrazarlo.

Pongo en marcha un plan infalible: un abrazo tan intenso que nos fundirá a ambos para siempre. Me lanzo sobre él y aprieto con fuerza. Y sigo apretando, con mucha más fuerza; no quiero parar. Noto cómo sus huesos empiezan a protestar, clavándose en su aliento. Él se revuelve de dolor y sigo insistiendo. Llegamos juntos a un nivel de intensidad que jamás habíamos experimentado. Pero no estoy satisfecha: quiero más. Reúno todas las fuerzas que me quedan para apretar con aún más ímpetu. De pronto, noto que se rinde. Ya no percibo resistencia alguna; no respira en absoluto.

Exhausta, contemplo con miedo y decepción su cuerpo agarrotado en el suelo. Ya no me piensa, ni desea continuar nuestro juego.

– Asier

Peces

18 de febrero de 2025

Las horas se prolongan como días, meses y años. Bueno, puede que exagere con los años. Aun así, el reloj parece detenido en este soporífero mar en calma y yo no soy precisamente alguien paciente. Desde aquí no diviso ni dirección ni destino.

Tengo hambre, el aburrimiento me consume y, para colmo, están los peces. Esos dichosos peces. Un montón de criaturas muy aburridas corriendo muy agobiadas de un lado a otro por asuntos que no le interesan a nadie. Algunos chocan contra mí, rompiendo la paz que había pactado con mi propio aburrimiento. Parecen suplicarme hacer algo todavía más aburrido que dejar correr el tiempo: unirme a ellos.

Arranqué un viaje prometedor con gente interesante y capitanes experimentados. Ahora, en cambio, me encuentro solo y sin rumbo, hostigado por peces insoportables, preguntándome qué fue de todo aquello.

Otra hora más. Parece que esos molestos peces se han ido con sus prisas a otra parte. Aprovecho para dejarme atrapar por mis pensamientos. De pronto, algo sucede. Una ola gigante me golpea. Sin embargo, no se trata de una ola sino de otro pez. Lo reconozco enseguida. Es un pez gordo a quien no parezco caerle bien. Me mira con desprecio pero ignoro su gesto porque, tras esta odiosa e interminable espera, por fin diviso tierra.

Es hora de fichar e irme a casa.

– Asier

El navío

17 de febrero de 2025

Restos de su antiguo navío flotan por doquier. Su fuerza y protección se perciben aún en el agua. Se aproxima una tormenta y su humor no está para tales inclemencias.
«Debería haber traído un paraguas», murmuró.

– Asier