Arrepentimiento
24 de enero de 2026Juró y perjuró arrepentimiento; lloraba tanto que no se le entendía.
De pequeño, muy pequeño, si se aburría, pinchaba hormigas con un palo. También atrapaba moscas y les quitaba una o las dos alas. Observaba cómo estas zumbaban en círculos hasta quedar inmóviles y las dejaba morir allí cuando el momento precisaba de otras atenciones.
De mayor, le regalaron una escopeta de esas de balines de plomo. Atrapaba ranas y sapos que empalaba en la boquilla. Al apretar el gatillo, sus amigos reían.
Mataba el tiempo disparando a gorriones. Algunos no eran gorriones, pero los llamaba así igualmente. Si alguno no moría del disparo, se quedaba mirándolo mientras este agonizaba en el suelo. Y si le entraban ganas de mear, le orinaba encima. Le hacía gracia apuntarle a la boca, a ver si así podía ahogarlo. Sus amigos se unían, formando entre risas, una fuente colectiva.
Una vez mató un gato a palos. Con los balines no hubo manera. Sus amigos se miraron en silencio durante un instante. El más bajito murmuró que su padre siempre decía que había muchos gatos, demasiados. Otro dijo que eran unos hijos de puta traicioneros, que uno, en cierta ocasión, casi le arranca un ojo. Decidieron prenderle fuego. Como aquello apestaba, se fueron corriendo y ahí quedó el tema.
Jugar con animales le resultaba divertido. Aterrorizar a otros niños lo era aún más. Como aquel que mojaba siempre los pantalones mientras se protegía las gafas.
Los años pasaron y el muchacho ya estaba en edad de tener novia. Algunas le gustaban y él también les gustaba a ellas. Las hacía reír, mucho, antes de la primera paliza. Porque, según él, no hacían lo que debían. O por lo que fuera. Luego lloraba porque «te quiero mucho pero es que yo soy así, de mucho temperamento». Y es que, «¿por qué miras a ese?» o «¿por qué ese payaso te mira?» Que qué se habrá creído, «¿a que le doy dos hostias?» Pero al final, era más práctico dárselas a ellas.
Tenía ya más denuncias que amigos. «Todas putas» decía, aunque ya no le dejaban entrar en los puticlubs que frecuentaba.
Maldijo el día en que aquella infeliz lo llevó al límite. Se arrepentía, y mucho, de haberla conocido. Ahora tenía que soportar que le llamasen asesino.
«Ni siquiera era tan guapa», pensó.
«Desde bien pequeño ya se veía que no estaba muy bien de la cabeza», comentaban los que ya no eran sus amigos.
«Una vez quemó a un gato», dijo uno de ellos.