Guerreros de la queja

3 de junio de 2025

Había una vez un pueblo habitado por valientes guerreros.
Se apostaban en bares, plazas y lugares donde hubiera audiencia. Hablaban bien alto y bien claro, sobre las batallas que librarían contra toda injusticia que habitase en el mundo.

Se quejaban de todo lo que estaba mal, señalaban a los causantes de tales penurias. Que siempre eran otros, los malhechores y los cobardes.

Odiaban a los malhechores pero eran los cobardes, sin ninguna duda, su mayor enemigo. Gente de todo tipo que eran inútiles en solucionar lo que estaba mal en el mundo y cobardes a la hora de enfrentarse a los malhechores.
¡Ay de estos si se encontrasen con nuestros guerreros cara a cara! Los destruirían sin piedad de mil formas distintas. Les infundirían tanto respeto que no les quedase otra salida que abandonar el oficio del mal para siempre.

Y por hablar o por otras razones, un día llegó el mal a ese pueblo de valientes. Llegó tímidamente, con pequeñas gotas que se van transformando, casi sin darte cuenta, en tormentas para las que no existen paraguas ni refugios.
Aquellos valientes se fueron empapando poco a poco, en silencio. Se pusieron de acuerdo en el asunto de sobrevivir. Esperaron a que la tormenta pasase, a que los cobardes se aburrieran de hacer y deshacer a su antojo y, al final, se fueran de allí.

Pero el tiempo pasó, y los cobardes seguían haciendo y deshaciendo. Algunos de esos valientes olvidaron que lo eran y se sumieron en silencio, en la culpa y en otros pozos de similar oscuridad.
Otros se unieron a los cobardes, borrando todo recuerdo tanto de sus batallas y valentía imaginadas como de sus quejas.
Los que quedaban, seguían con su lucha, la de quejarse. Pero ahora lo hacían desde las trincheras de sus casas y no muy alto sobre los males que traían aquellos cobardes. Maldecían su presencia; esa que les impedía librar sus tan ansiadas y valientes batallas.

Como pasa con todo, el tiempo enterró esa época escrita a base de silencio y vergüenza. La llegada de nuevas generaciones y los cambios que llegaron también con ellas, la borraron del recuerdo de todos. Y con el olvido, nuevos aspirantes a guerreros, alzaron de nuevo sus voces que, con muchas quejas y mucha sed de batallas, volvieron a llenar bares y plazas.