La tormenta

7 de marzo de 2025

«Parece que va a llover», se leía en la pizarra del bar de una recóndita posada, perdida entre montañas donde la lluvia nunca cesaba. Era el punto de encuentro para quienes mataban el tiempo con una pinta de cerveza. Y lo hacían en silencio; allí nadie hablaba. En ese cementerio de seres bebientes, sólo se oía a la posadera ocupándose de sus rutinas y el murmullo del agua contra las ventanas. Pero esa calma, tan apreciada por todos, era interrumpida los días que cierto personaje decidía pasarse por allí.

Aquel era un tipo de los que no callan ni bajo el agua. De esos que cuentan detalles de su vida al primero que se les cruza y que cuando te hablan de un tema, pasan a otro distinto dejándote con la respuesta en la boca. Y ese día tenía muchas ganas de hablar.

Estaba completamente empapado. Nada más entrar por la puerta se quejó de la lluvia, lamentando haberse dejado el paraguas en casa. Siguió hablando sin parar. La posadera lo observaba impaciente, deseando que pidiera algo de una vez, para poder volver a sus rutinas. Tras liberar a la pobre mujer y ya con su pinta en la mano, caminó por la sala buscando víctimas, lanzando frases a todo aquel que osara a cruzarle la mirada. Algunos se refugiaban tras sus vasos de cerveza, como niños chicos evitando los ojos del profesor para no ser preguntados. Uno sintió tal agobio que huyó al baño para salvarse, pero lo encontró ya ocupado por algún otro más avispado. Resignado, observó desde el fondo del local cómo la boca de aquel devorador de atención se hacía más y más grande. Se hizo tan enorme que empezó a engullir el bar entero. Literalmente.

Se abrieron grietas enormes en las paredes. El suelo y el techo empezaron a resquebrajarse. Una tras otra, las ventanas estallaron provocando un estruendo aterrador. Tablas, piedras y cristales eran absorbidos por ese precipicio dentado que lo aspiraba todo con furia demencial. Platos, jarras y vasos se veían como proyectiles en el aire chocando entre sí, explotando en pedazos por todas partes. Las mesas y las sillas se arrastraban con violencia, golpeando sin piedad a quien encontrasen en su camino. Algunos se aferraban a las vigas buscando la salvación pero, al ser estas de madera, se partieron como mástiles de un navío castigado por la peor de las tormentas. Un pobre gato chillaba desesperado arañando la nada mientras volaba hacia su final, desapareciendo en el interior de aquel abismo. Ya no quedaba esperanza para nadie; tarde o temprano todos serían tragados por ese agujero de carne y dientes.

Pero, afortunadamente, todo llega a su fin. Cansado ya de que nadie le hiciera caso y sin comprender las reacciones de agobio, horror e incluso pánico que veía a su alrededor, terminó su pinta y se fue sin más. La posadera entonces, con toda la tranquilidad del mundo, se acercó a la pizarra y borró lo que estaba escrito en ella. La calma volvió al lugar y algunos se acercaron a por otra cerveza, en silencio.

Fuera de la posada, seguía lloviendo.

– Asier