La verbena

15 de junio de 2025

Al abrir los ojos encontré oscuridad y la sensación de no estar en mi cama. Tras intentar incorporarme, mi confusión se acentuó al ver a un tipo a la altura de los pies de esa cama, mirándome fijamente, con ojos caídos y en profundo silencio. Portaba lo que parecía un candelero y la tímida luz de la única vela en el mismo, iluminaba parcialmente su cara, que era alargada y de mentón pronunciado, como la de esas personas que parecen claramente enterradores.

— ¿Por qué llevas una vela? —de todas las cosas que podría preguntarle a aquel tipo, esto fue lo que salió por mi boca. No cabía duda de que estaba soñando.

— Soy el fantasma de las verbenas pasadas. Llevo una vela para que puedas verme. —dijo la cara iluminada por la vela con un tono de obviedad.— Esto está muy oscuro y no llevarla nos complicaría las cosas. La vela es importante, sin ella nos retrasaríamos.
Necesito que me acompañes. —añadió con seriedad y tono de urgencia.

— Entonces no estoy muerto, esto se trata de un sueño. —dije aliviado, como si soñar lo que parecía una versión cutre de Pesadilla antes de Navidad fuera motivo para no preocuparse.

— No, no estás ni muerto ni soñando. Ibas conduciendo, camino a tu pueblo, recordarás eso. Levántate, no tenemos mucho tiempo. —El fantasma no es que fuera muy generoso en palabras. Mientras hablaba, dejó el candelero en el suelo y empezó a palpar la oscuridad con sus largos brazos. Sus manos se hundieron en paredes que no se veían y de la oscuridad, abrió una puerta que iluminó toda la estancia. Sujetándola, me esperaba con impaciencia.

— Pero… ¿y entonces?

En ese momento empezaron a llegarme imágenes de mis últimos recuerdos. Conducía hacia el pueblo en el que veraneé hace muchos años. A alguna de mis antiguas amistades, aquellas que también veraneaban por allí, se le ocurrió que era buena idea juntarnos de nuevo a pasar las fiestas de aquel lugar, después de tantos años. Tenía prácticamente olvidadas a aquellas personas y aunque retomar el contacto no me parecía una mala idea, la de ir a pasar días con ellos en fiestas de ese pueblo, ya perdido en mi memoria, me daba mucha pereza.
Todas aquellas almas del pasado estaban aparentemente muy ilusionadas por el reencuentro, y aunque sospechaba que esa ilusión era más bien fruto del quedar bien, no quería ser yo él el que dijera que no iba a ir, el aburrido, el que se tira para atrás o el que dice que no cuando el resto dice que sí.
Tenía que ir.

Decidí partir para allí al salir de la oficina; fue un día agotador y se me hizo bastante tarde. Aunque el viaje me daba mucha pereza, decidí ir de todas formas y hacerlo ese mismo día, para ahorrarme madrugar el día siguiente.

A esas alturas tenía claro que lo que me había pasado durante el trayecto me había llevado a esta habitación oscura y a encontrarme con aquel ansioso fantasma, que me miraba con impaciencia desde la puerta por la que se supone que debía pasar.

Me levanté y seguía con la sensación de flotar. Tardé un poco en habituarme en andar así. Parecía un astronauta borracho. Hice todo lo posible por no pisar el candelero del fantasma y me acerqué a la puerta.
Tras atravesarla, nos encontramos en la plaza del pueblo al que iba a veranear cuando era mucho más joven.

— Estamos en la verbena de 1997. —dijo el fantasma sin añadir nada más.

Miles de recuerdos me abofetearon la cara. Observé la escena sin mediar palabra. Había puestos de esos en los que disparas con un rifle de perdigones trucado a palillos para conseguir un peluche horrible y demostrar que tienes puntería, aunque la mira esté manipulada para que no puedas apuntar bien. Había unos cuatro puestos de esos rodeando la plaza.

Varias cuerdas llenas de banderas dibujaban un techo transparente en forma de carpa de circo. Debajo, personas de rango de edad indefinido bailaban más o menos pegados; otras, de pie, bebían en vasos de plástico y hablaban con el de al lado, mientras miraban a la orquesta y observaban a otras personas, analizando la situación, como auténticos profesionales en auditar verbenas. Había grupos de adolescentes que iban de un lado a otro, como trenes de juguete que recorren un circuito cerrado dando siempre las mismas vueltas. Aunque a estos se les notaba en la cara que algo tramaban.

A uno de los lados, el único bar del pueblo acogía en su terraza a la gente que no quería ni bailar ni peritar verbenas. Dentro, la gente se amontonaba esperando conseguir su preciado vaso de plástico.

Y allí estaba yo, tenía diecisiete años entonces y formaba parte de ese grupo que peritaba verbenas. A mi lado estaba mi mejor amigo, de ese lugar y de todos los lugares. Nunca tuve una conexión tan auténtica con nadie más. Esa conexión estaba a años luz en autenticidad, complicidad y confianza de la que tenía con los otros, que formaban parte de nuestra peña. En esa peña éramos quince personas, pero nosotros siempre íbamos a nuestra bola.
A lomos de nuestras bicis visitábamos un sinfín de pueblos y nos encantaba volver al nuestro para encontrarnos al resto de nuestro grupo tirados en cualquier esquina del lugar, aburridos de no hacer nada mientras que nosotros habíamos hecho quince mil cosas y habíamos visto quince mil bichos, humanos o no, haciendo quince mil tonterías.

En nuestra aburrida peña había varios protagonistas, y aunque afortunadamente no existía instagram ni ninguna cloaca parecida entonces, esos protagonistas contaban con sus seguidores, dentro y fuera del grupo.

Estaban el guapo y la guapa del pueblo. Y también la segunda más guapa y el segundo más guapo del pueblo. Los sellos de guapura eran concedidos no sólo por la gente del grupo, sino por padres, abuelos y otra serie de sociópatas narcisistas a los que les gustaba contribuir con su genialidad en un sistema social formado por criaturas sin madurar.

El segundo más guapo era primo de su superior en guapura y tenía una complicidad muy fuerte con la segunda más guapa. Estos siempre criticaban a los primeros en guapura porque, según ellos, eran inaguantables. El más guapo del pueblo hacía bromas que hacían mucha gracia a todos menos a los segundos más guapos del pueblo, el primo de este siempre le respondía con sarcasmo y hacía reír a la segunda más guapa. A nosotros dos tampoco nos hacían gracia sus chistes, sobre todo cuando los repetía por decimoquinta vez. Pero no replicábamos. Simplemente asumíamos que tendría un tipo de limitación mental y nos limitábamos a guardar silencio buscando nuestras miradas con muecas divertidas.

Todo el mundo daba por sentado que el más guapo y la más guapa estaban liados. Liados desde la perspectiva inocente que teníamos nosotros por aquel entonces. En algún momento recuerdo que se fueron a alguna campa cogidos de la mano a darse un beso como mucho. Hubo una época en la que varios componentes del grupo hacían eso. Y los que no teníamos manos que coger ni campos a los que ir, nos dedicábamos a dar balonazos contra una pared o a disparar a latas con un rifle de perdigones.

A pesar de aquella relación que a ojos de todos parecía perfecta, a la más guapa del pueblo le interesaban en realidad otros chicos de otros pueblos, más mayores que ella, más retrasados que ella, que por alguna razón conducían coches de alta gama, teniendo ellos menos de veinte años. Algunos comentaban que los listos hacían dinero trabajando en la obra, en lugar de ir al instituto, colegio u otro lugar donde no hacías dinero para poder tener moto o coche con el que ir a otros pueblos.

Todos esos líos adolescentes provocaban tensiones, bandos y pequeñas tiranteces entre nuestro grupo. Cosas que se veían claramente en la verbena. Podías distinguir quién bailaba con quién y quién evitaba bailar con quién, mientras el resto tenía que elegir. Elegir bando.

Era como ver la entradilla de Juego de Tronos, pero cambiando su famosa melodía por Paquito el chocolatero o el 20 de Abril del 90 de Celtas Cortos.

Pero nos lo pasábamos bien. A partir del décimo vaso de plástico de ron con coca cola, ya te daba igual que la orquesta tocase el quemadísimo Saturday Nigth de Whigfield pronunciada como si la cantase un gato pidiendo jamon york. La bailabas igual intentando no caerte al suelo mientras clavabas, o no, su coreografía.
Al final de la noche, todos los que no estábamos en una esquina dándonos besos, nos íbamos a la era del pueblo. Allí nos tirábamos en la hierba a ver las estrellas y la vía láctea, que nos abrumaba con la inmensa nitidez con la que se distinguía en el firmamento.

— ¿Lo pasabas bien?—preguntó el fantasma

— Ehh… si, claro que si—dije con sorpresa; claramente me había leído la mente porque yo no había dicho nada.—¿Por qué lo preguntas?

— Yo pregunto, pero mis respuestas no son las importantes. Hemos terminado aquí—dijo volteándose e invitándome a atravesar de nuevo la puerta por la que habíamos venido.

Al atravesarla, nos encontramos la escena de otra verbena. Esta vez había menos cuerdas, menos banderas y menos puestos para disparar palillos.
El ambiente era parecido al de la verbena anterior, aunque había menos jóvenes corriendo de un lado al otro.

— Verbena del año 2000.

— Yo ahí tenía veinte años.—dije, mostrando mis habilidades sumatorias.

Recordé que ese año la cosa estaba muy tensa. Nuestra peña estaba dividida en dos grupos, que no se hablaban entre ellos. El segundo más guapo del pueblo había empezado a salir con la segunda más guapa del pueblo, pero aquello no funcionó muy bien. En algún momento el tipo se lió con la más guapa del pueblo, o la más guapa del pueblo se lió con él, no lo llegué a entender muy bien. La cuestión es que a su primo, el más guapo del pueblo, y a su antigua pareja, la segunda más guapa del pueblo, aquello no les sentó muy bien. Y su respuesta, a modo de venganza, fue liarse también entre ellos o al menos, intentaron hacerlo, pero algo raro pasó y estuvieron un tiempo evitándose.
Todo ese lío de líos desencadenó un ambiente enrarecido, los diferentes seguidores tuvieron que elegir bando para no aislarse en su propia falta de personalidad.

En cuanto a nosotros dos, los dos amigos raros que pasábamos de todo, nos llevábamos bien con todo el mundo aquel año porque todo el mundo venía a nosotros a criticar al resto. Sin embargo, mi compañero, mi refugio ante aquel panorama, mi punto de escape de toda la falsedad y odio que se respiraba en ese grupo de personas por amor directo o indirecto, no pudo quedarse a las fiestas.

Me dejó solo. Sin refugio. Condenado a compartir vasos de plástico con gente que no tenía ganas de juntarse con el resto mientras sonaba Paquito el chocolatero.

Estaba solo cuando la orquesta se venía arriba con Fiesta Pagana de Mago de Oz, desafinando como un gallo en paro. Los dos grupos se rompían a bailar como locos, fingiendo diversión mientras se miraban con cara de desprecio.

Y yo, por alguna razón, acabé viendo las estrellas con la segunda chica más guapa del pueblo. Siempre me quedó la duda de si eso pasó gracias mis dotes de seducción, envalentonadas por una cantidad ingente de ron con coca cola, o por mero despecho de ella. Despecho motivado al ver a su antigua pareja bailar feliz con otra persona, al ritmo de un Mago de Oz que desafinaba. Me quedé con la duda, ya que no lo pregunté y ella nunca volvió por aquel pueblo.

— ¿Lo pasaste bien? —preguntó el fantasma

— Pues creo que sí, aunque recuerdo tener una sensación rara todo el tiempo. Una sensación que ya no recordaba. Creo que a partir de ahí todo fue a peor, la gente empezó a distanciarse y… argg ggg gg. —el fantasma tenía uno de sus largos brazos en alto y su extraña magia me impedía seguir hablando, era como si me ahogase.

— Ya me has respondido. No tenemos tiempo para más reflexiones. Aún nos queda visitar una última verbena. —interrumpió el fantasma impaciente—. Acompáñame a la puerta. Vamos.

Atravesamos la puerta y llegamos a una verbena en la que ya no hay casetas para disparar a palillos. Ya no hay tanta gente en el bar amontonándose para conseguir su vaso de plástico. La orquesta toca Paquito chocolatero, gente más joven, los que antes eran adolescentes diminutos son los que siguen la canción entusiasmados. Ya no hay cuerdas que dibujen un techo de banderas.

— Última verbena, la de 2006

— Ya veo. —dije en silencio.

Recordé que ese verano fue el último al que fui a ese pueblo. Fui porque no tenía otros planes ese verano.

Perdí el contacto con aquel amigo con el que tanto conecté antaño, con el que compartí tantas aventuras. Aventuras que no tenían nada de extraordinario pero que llenaron momentos de mi vida de recuerdos. Recuerdos a los que volver cuando caigo en la trampa de pensar que aprovechar la vida requiere de algo muy excepcional, muy fantástico, dejando por ello de aprovechar cosas más pequeñas, por ser menos importantes. Menos importantes, para otros.

Sin esa persona, la experiencia fue totalmente vacía. Fue como tener el vacío de mi vida normal y otro vacío adicional al llegar a ese lugar, en el que ya nadie se tiraba en la hierba a mirar las estrellas.

En esa verbena se seguía tocando Mago de Oz, 20 de Abril del Noventa y otras canciones que ya nadie disfrutaba como antes. Los más guapos del pueblo eran ya otros, de nuevas generaciones. Aquel al que el tiempo arrebató aquel título —de mierda— seguía haciendo sus bromas, las mismas de hace diez años. Como ya no tenía quien se riera de ellas, se reía él solo de las mismas y de otras que provenían de su vaso de plástico, al que nunca le faltó alcohol.

En esa última verbena se le podía ver dando tumbos, acercándose a diferentes grupos. Aunque aún conservaba cierto atractivo físico, había perdido el atractivo en todo lo demás y al acercarse ahora a personas del género opuesto, estas apartaban boca y cara cuando él se las aproximaba amenazando con juntar morro, especialmente después de vomitar delante de ellas.
Terminó por perderse entre las calles del pueblo. Con la torpeza y tristeza del que bebe solo y no se da cuenta de lo solo que está.

La que fue la más guapa del pueblo fue ese año con su novio y algunos amigos. Sorprendentemente eran muy majos y en cuanto vieron el percal, se fueron de allí para irse de fiesta a otro lugar. Deseé irme con ellos.

Desde entonces, mantengo el contacto con unas siete personas simplemente por mantenerlo, para felicitarnos el cumpleaños por WhatsApp y nada más. Nunca volví a aquel pueblo. Escuché historias de algunos de los protagonistas volviéndose a cabrear por cosas de hace diez años, de problemas con el alcohol, de separaciones… Cosas que les pasan a estrellas del rock, pero sin ser estrellas del rock.

— ¿Lo pasaste bien? —preguntó el fantasma impaciente

— No fue un buen recuerdo, la verdad es que me arrepentí bastante de ir ese año

— Estupendo… —dijo el fantasma sin interés alguno y sin mirarme y haciendo el gesto de mirar un reloj que no se veía puesto en su muñeca. —Yo ya no tengo nada más que enseñarte. Me voy.

— ¿¿Te vas??… ¿pero a dónde?, ¿de qué iba todo esto?

— ¡Sí! —dijo el fantasma, mostrando una cara de alegría por notar que yo había entendido algo que en realidad no había entendido en absoluto. —¡Recuerda tus verbenas pasadas! Y… ¡Pásalo bien! ¡Es importante!— Dijo desvaneciéndose tanto en voz como en presencia.
Y todo se desvaneció en una luz cegadora que me dejó confundido durante un minuto entero.

No sé cuánto tiempo estuve en coma. A mi lado estaban mis padres y alguna persona más. En el grupo de Whatsapp tenía algunos mensajes del tipo “qué pena que no hayas podido venir a las fiestas, otro año será”, como si el haber rozado la muerte hubiera sido un mero contratiempo para perderme lo que realmente era importante, o “nos alegramos que te hayas recuperado”, con el emoji del brazo sacando bola. Hubo otras personas que no me escribieron, porque no sabían qué escribir, pero me llamaron y estuvimos un buen rato hablando. Después de esa ocasión, quedamos en varias ocasiones y recuperamos el contacto, aunque no nos felicitábamos el cumpleaños en WhatsApp.

Nunca he dejado de pensar en aquel fantasma. Surgió de la nada para hacerme viajar al pasado de forma urgente y hacerme una única pregunta: “¿lo pasaste bien?”.
Es sorprendente cómo una sola pregunta puede ayudarte a tomar decisiones que incluso pueden salvarte la vida. En todos los sentidos.

Quizás aquel fantasma pensó que tenía que acudir urgentemente a algún lugar sin hacerse esa pregunta. Tal vez por eso tenía tanta prisa.
Quizás fue lo último que sintió en vida.
La prisa por llegar a un sitio sin preguntarse por qué quería ir o si realmente le haría feliz hacerlo.

Espero que consiga llegar a su destino para poder descansar y dejar de escuchar tantas veces, el Paquito el chocolatero.