Tortilla de patatas
26 de mayo de 2026Miguel prepara una tortilla en su cocina. Por la ventana entra, poco a poco, la primera luz del sábado. Una montaña de cebolla recién cortada brilla sobre la tabla de madera. Al lado, en el fondo de una sartén, el aceite empieza a arrugarse.
El teléfono vibra otra vez. Miguel lo mete en un cajón, rápido, como si le quemase en las manos. Respira en silencio un segundo y vuelve a la tortilla.
Poco después, mientras la cebolla cobra vida, las patatas, resignadas, esperan su turno sumergidas en un cuenco lleno de agua. Pero aún falta un poquito más. Antes serán cortadas en láminas muy, muy finas. Lo más finas posible. Siempre más finas cada vez.
Miguel sujeta cada patata con cariño pero también con resuelta firmeza, mientras sus ojos siguen, sin pestañear, el filo de su cuchillo que, como el arco de un violín mudo, desprende de ellas translúcidas escamas amarillas. Satisfecho, vierte ahora un generoso chorro de su mejor aceite formando un lago en su veterana de confianza, su sartén infalible para aquella tarea.
El olor de la cebolla al dorarse despierta al gato en la otra punta de la casa. No tarda en asomarse por la puerta con tremendo maullido hambriento, dispuesto a asegurarse, como sea, una plaza en aquel prometido festín. Miguel entonces, abre la nevera y le lanza una loncha de jamón curado mientras coge unos cuantos huevos.
Tras unos minutos, el felino se relame satisfecho —al menos por ahora— y llega, por fin, el momento de las patatas. Sin dudar ni un segundo, se lanzan todas juntas al aceite, que protesta indignado. Y bajo una tapa de cristal ahumado, empiezan a deshacerse en un suave chapoteo.
Un rato más tarde, las patatas y los trozos acaramelados de la cebolla bailan mezclándose entre diferentes tonos de amarillo antes de volver a la sartén, que muestra ya cierta impaciencia. Y cuando por fin la sartén se llena de puro y sabroso oro, Miguel empieza a verse más pequeño, muy pequeño, a la altura de la cintura de su abuela. La mira desde abajo, sujetando un enorme plato con sus dos manos. Ella le pregunta si esta vez se atreve él a darle la vuelta.
— Es como tocar la pandereta —le dice—. Y eso bien que te gusta, que vas con ella a todas partes. Bien lo saben los vecinos.
El niño duda un momento, pegado a su regazo. Mira al fuego y luego la mira a ella.
Desde entonces, con cada tortilla y cada golpe de pandereta, Miguel vuelve al regazo de su abuela. Y ahora los vecinos se quejan un poquito menos.
(primera versión)